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viernes, 8 de junio de 2018

Saca tus manos de mis bolsillos




Juan Carlos Rojas Lorenzo

Los años noventa pusieron a prueba de forma brutal la capacidad emprendedora de los cubanos. Conocí ingenieros informáticos hartos de códigos binarios que probaron suerte en una explotación agrícola; profesores de ajedrez transmutados en zurcidores de gomas de bicicletas; policías, maestros, enfermeras tentando la suerte en los lavaderos de tierra buscando átomos de oro aluvial. Aquella década fue la segunda Guerra de los Diez Años. Hoy se resalta el hecho de que pudimos vencer aquel rudo desafío gracias a la unidad del pueblo. Pero indudablemente también a la existencia de una visión muy clara, en la estratosfera del poder, de los objetivos que se pretendían alcanzar, y hasta donde se estaba dispuesto a ceder para lograr esos objetivos, es decir, gracias a un Estado fuerte y providente cuya intervención era percibida claramente por el pueblo lo que, si bien no aliviaba el hambre, infundía esperanzas, que no es poca cosa. Por aquellos años se me había metido en la cabeza criar conejos, y como carecía de la menor experiencia me sorprendió mucho la micción de estos animales, un potente chorro de líquido sucio con un fuerte olor a hierba. El veterinario que consulté me tranquilizó: “Los conejos, me dijo, poseen los mejores riñones del reino animal”. Curiosamente, en la antigüedad la fertilidad también se asociaba con los riñones. A raíz de aquella lejana experiencia cunicula aprendí que existen signos inequívocos, síntomas si se quiere, del buen o mal desempeño de un órgano, entidad, construcción o formación ya sea orgánica, inorgánica o social.

Tanto se ha hablado ya de la recesión demográfica en Cuba que hasta parece normal. Las mujeres no quieren parir más de un hijo, salga hembra, varón, andrógino o virago. Es una decisión de consenso dentro del matrimonio. Lo lamentable es que pocos cubanos se sienten cómodos con esta realidad. Pero siempre postergan para un futuro impreciso, “cuando mejore la cosa”, darle un hermanito al hijo que casi siempre se queda horro, porque pasan los años y los periodos fértiles, y la maldita cosa no mejora. Pareciera una política natural intervenir, como asunto de seguridad nacional, algo que efectivamente se ha reconocido –pero la sempiterna abulia los inmoviliza para actuar –, e instrumentar acciones que protejan lo relacionado con la infancia, o mejor aún que promuevan la procreación, más allá de las abstracciones de leyes que lucen muy bien cuando les restriegan el legajo de los derechos infantojuveniles en el rostro del enemigo en los foros diplomáticos internacionales. Me refiero, por ejemplo, a poner coto a los emprendedores itinerantes que hacen su agosto en las ferias y carnavales a costa de la desesperación de los padres que se ven compelidos a constatar anonadados y transidos de dolor que para que su inocente hijo o hija se aburra cabalmente dando una vuelta en “los caballitos” debe desembolsar el equivalente a medio día de trabajo. Y existen decenas de aparatos además del ya mencionado carrusel; llamativos juguetes de pésima calidad y precios punibles, confituras, alimentos que convocan, bebidas que sugieren. Una familia de humildes trabajadores –lo primero que se debe cambiar de la Constitución es ese Artículo 1 que proclama que “Cuba es un Estado socialista de trabajadores”–, con más de un hijo no puede ir a unos carnavales a riesgo de someterlos a una crueldad gratuita. Es como si, a propósito, hubieran plantado una bandera española a la entrada de aquel teatro para que Martí no entrara; pero en este caso es la bandera del dinero que separa, segrega y margina a esos sectores del pueblo a nombre de quienes se enarboló, en aquel remotísimo 1976, la nueva Constitución Socialista que ya hoy no nos sirve. Estas realidades tienen la virtud amarga de remitirme a las palabras del asesino en el acto de balear a Malcolm X: “saca tus manos de mis bolsillos”. Lo espeluznante es que quien tiene el mandato de actuar, permanece impasible ante el flagrante acto de filibusterismo contra los más tiernos retoños de las familias cubanas, mientras se deprecia en sus narices la moneda y se precarizan aún más los salarios. Por eso pienso, más allá de las excusas de estudios sociológicos complacientes, que no existe mejor anticonceptivo que el manejo que está haciendo el Estado de la economía nacional. En conclusión, algo anda definitivamente mal en los riñones del Estado cubano.

 
7/6/18 “Carnavales en Santa Lucía”

lunes, 4 de junio de 2018

La hora de la tecnoestructura




Juan Carlos Rojas Lorenzo

Uno de los peores desaciertos de los enfoques contra la revolución cubana en la prensa capitalista fue la absurda colocación por la revista Forbes del Comandante en Jefe en la lista de los líderes más ricos del mundo[1]. No solo porque carecía de todo fundamento (trataron de aplicar en la política el algoritmo matemático de que dos más dos es cuatro), era una mentira burda, sino que además denotaba un gran desconocimiento de la realidad cubana. No es de extrañar que inmediatamente la mentira de Forbes se convirtiera en uno de los argumentos favoritos de los enemigos del proceso cubano, aunque hacia el interior la gente por lo general acogía el aserto con la sonrisa condescendiente que los virtuosos reservan al pecador impenitente; algo que no vale la pena ni siquiera discutir.

El desenfoque de los editores de Forbes, obnubilados por el odio, no tuvo en cuenta algo que todos los cubanos de cualquier edad sabían: que el capital de Fidel era de otro orden, político, moral, histórico. Durante décadas, fue el mayor accionista de la Revolución cubana.

Existe una tendencia bien pautada en la evolución de los estados socialistas modernos: tras pasar por una fase carismática (Lénin, Mao, Ho, Tito, Chávez), se produce un reacomodo progresivo hacia el liderazgo de una tecnoestructura que si bien no cuenta con la legitimación mediante el carisma o la historia, como los fundadores históricos que capitalizan ante el pueblo las acciones mayoritarias, se han ido agenciando cuotas de poder desde la burocracia gerencial hasta llegar a convertirse en accionistas minoritarios que, sin embargo, son los que terminan por acceder a un tipo de poder coral o colegiado. El término tecnoestructura hace referencia a una clase de profesionales altamente especializados y extremadamente centrados en las soluciones técnicas, que ocupan cargos en el poder de acuerdo a su formación universitaria, en oposición a lo que ocurría en los primeros años de la revolución donde estos mismos cargos eran ocupados por cuadros no especializados que muchas veces tenían que aprender sobre la marcha y que generalmente daban prioridad a las soluciones ideológicas.

A diferencia del capitalismo que se incubó de forma natural en las entrañas del sistema feudal, al que terminaría devorando, en un proceso que duró varios siglos, aproximadamente desde fines del siglo XIII con el renacer de las ciudades y las relaciones monetario mercantiles en algunas regiones de Europa Occidental, el socialismo es una construcción de gabinete, expresión de las aspiraciones humanas a la justicia social, que debe ser racionalizado paso a paso, muchas veces en un proceso de ensayo y error, a pesar de enfoques dogmáticos que pretendieron encerrarlo en manuales de una teoría científica absoluta. A despecho de lo anterior, las cosas de mayor utilidad que sabemos hoy del socialismo es lo que hemos podido descubrir en el proceso de su construcción y no las elucubraciones en abstracto.

El hecho de que el socialismo cubano se parezca muy poco al de hace veinte o treinta años es prueba de dinamismo, y no necesariamente indica un retroceso. La mayor prueba de madurez del sistema es la capacidad, nacida de la voluntad, de redefinirse sin perder la esencia. Los cambios en el sistema nos vienen impuestos por la realidad relativista de que vivimos, como peces en una charca, dentro de esa cuarta dimensión física, el tiempo, en la cual es imposible mantenerse en un estado de impasibilidad metafísica de quietud contemplativa y autocomplaciente en la propia perfección. No somos culpables de cambiar; es simplemente inevitable. En política se puede aplicar, sin caer en los extremos del darwinismo social, el axioma fundamental de la biología evolucionista: las especies que no se adaptan perecen.


[1] En esta categoría, la clasificación de 2006 lo ubicaba en el puesto número siete con novecientos millones de dólares. En una comparecencia televisiva, Fidel los emplazó públicamente a que lo demostraran. Wikipedia, en la entrada correspondiente a Forbes, inserta una nota alertando que “la supuesta fortuna de Fidel Castro está muy discutida y ha habido varias polémicas”. En respuesta al desafío de Fidel, la revista reconoció que carecía de pruebas y que su lista es “más arte que ciencia”.

lunes, 30 de abril de 2018

La nueva normalidad



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Amamos las etiquetas, las definiciones cerradas, más o menos contundentes. La mejor prueba es cuántas nos hemos puesto a nosotros mismos como especie: animal político (Aristóteles), bípedo implume (Platón), homo sapiens (Linneo), homo faber (Apio Claudio, Hannah Arendt), homo ludens (Huizinga), homo economicus, animal cultural. Clausewitz, por transitividad desde el axioma aristotélico, afirmó el concepto de animal guerrero en su conocida definición de la guerra como la continuación de la política por otros medios. Para redondear la idea, Churchill fue un poco más lejos y afirmó que la guerra es la ocupación natural del hombre.

La guerra es más antigua que la civilización, y contradictoriamente, quizás conduzca a la destrucción de la misma. Tradicionalmente, se hace coincidir el inicio de la civilización con la invención de la escritura. No es casual que muchos de los más antiguos registros escritos describan guerras, como los que contienen la relación minuciosa de las campañas victoriosas de los reyes de Asiria, o de los faraones egipcios, y el botín conquistado a los enemigos. La más grande epopeya de Europa tiene como escenario una guerra, la de Troya.

También dijo Clausewitz que la guerra es la madre de todas las cosas. Pero mucho antes ya Heráclito afirmaba: “Combate es padre de todas las cosas y de todas también es rey”. Y en otro lugar advierte: “Debemos saber que la guerra es estado continuo, que discordia es justicia”. Pero el filósofo griego se refería a la lucha de opuestos, pues consideraba que todo lo que existe se convierte en una misma cosa “porque todo está siempre en proceso de transformarse en su opuesto”[1]. De modo que guerra es paz, y viceversa, igual que día es noche, frío es calor, etc.

Con toda seguridad en nada de esto pensaba el vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, cuando el 19 de octubre de 2001, afirmó que “la nueva guerra nunca puede terminarse. Al menos no en nuestro tiempo de vida. La manera en que pienso en ella es como una nueva normalidad”[2]. Sus motivaciones tienen seguramente mayor afinidad con las de los condotieros italianos del renacimiento, soldados profesionales al servicio del mejor postor.

Uno de ellos fue Gian Galezzo Visconti, duque de Milán y antepasado del cineasta Luchino Visconti, quien prohibió en sus dominios la palabra paz y hasta la sacó de los oficios religiosos, de modo que los sacerdotes en la liturgia en vez de decir “Dona nobis pacem” (Danos la paz) debían decir “Dona nobis tranquillitatem” (Danos la tranquilidad). También alababa la honestidad de sus súbditos: “En mi país, el único ladrón soy yo”. Al servicio del duque de Milán se encontraba el inglés John Hawkood o Haakwood, considerado el primer mercenario de los tiempos modernos, inmortalizado en un fresco de Paolo Ucello en la iglesia florentina de Santa María del Fiore. Hay una anécdota que cuenta que encontrándose un día con un fraile que le dijo ingenuamente: –Que Dios te conceda la paz. El mercenario montó en cólera diciéndole: –¡Y a ti que Él te quite las limosnas con las que vives! ¿No sabes que si me quitas la guerra tendré que morir de hambre? Algo parecido ocurrió cuando Aníbal acampó con sus ejércitos a las puertas de Roma. Sorpresivamente, los romanos que ya se daban por perdidos, vieron como el general cartaginés levantaba el campamento y se retiraba. Es uno de los mayores misterios de la historia. Afirman que cuando preguntaron al mismo Aníbal por qué no conquistó la ciudad que tenía a su merced, se limitó a responder: –Porque me hubiera quedado sin trabajo.

A Theodore “Teddy” Roosevelt le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz, igual que a Woodrow Wilson, a Henry Kissinger y a Barack Obama. Sin embargo, en 1897 escribió a un amigo: “En estricta confidencia, agradecería casi cualquier guerra, pues creo que este país necesita una”, reproduciendo la doctrina de la guerra como salud del Estado (Randolph Bourne). Al año siguiente, el 19 de abril, William McKinley proclama la Joint Resolution por la cual interviene en la guerra Hispano-Cubana[3], en la que Teddy tomó parte activa al frente de sus rough riders. También este pacífico merecedor del premio más importante de la monarquía sueca dijo una vez que “ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra”. Los verdaderos intereses tras la entrada de los EEUU en la guerra que los cubanos tenían prácticamente ganada a España, más allá del bluff humanitario de la Joint Resolution, se encuentra en unas palabras de McKinley varios años antes de ser elegido vigésimo quinto presidente de la Unión: “Necesitamos un mercado extranjero para nuestros excedentes”.

Por eso no debe sorprendernos la frase de Platón: “Solo los muertos han visto el final de la guerra”. Aunque resulta una terrible perspectiva la promesa de que para los vivos la guerra nunca termina. Por lo menos, mientras los destinos de los pueblos estén en manos de rufianes con una moralidad ambigua que ven la guerra como un recurso más de la política, entendiendo la política como el dócil intérprete de la economía. O mientras no se alcance la condición enunciada por Federico Engels: “Para asegurar la paz internacional, es preciso primero eliminar todos los roces nacionales evitables, es preciso que cada pueblo sea independiente y señor en su casa”.

La nueva normalidad es el estado de tensión política mundial inducida artificialmente con el objetivo de mantener conflictos bien focalizados que garanticen la continuidad de la hegemonía norteamericana en los frentes de la política, la economía, la tecnología, la cultura y desde luego, en el terreno militar. Significa, y esto lo señaló Ignacio Ramonet, una “nueva era de conquistas, como en la época de las colonizaciones”, pero en esta etapa no se aspira a ganar países sino mercados. Otra característica de la nueva normalidad es que nunca antes, como ahora, se ha mentido tanto, y tan descaradamente, se ha hecho tan endiabladamente difícil discernir la verdad en medio de la avalancha contradictoria de los discursos de los actores políticos mundiales. La nueva normalidad significa en resumen, aceptar el concepto reaccionario de que la guerra no solo es algo natural, consustancial al hombre, casi un factor evolutivo, sino también esencialmente buena.


[1] Thomson: Los primeros filósofos, p. 260
[2] Globalización y Militarización. La causa raíz de la Guerra a Nivel Mundial contra la Humanidad. Vishnu Bhagwat. 23 de octubre de 2010 en el sitio GlobalResearch, reproducido por Editorial-Streicher.
[3] Howard Zinn, La otra historia de las Estados Unidos, p. 599 (Epub).