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miércoles, 5 de junio de 2019

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Juan Carlos Rojas Lorenzo

Quizás pocos recuerdan que San Pablo en la primera parte de su vida fue un judío ortodoxo, celoso guardador de la Ley del Antiguo Testamento y furioso perseguidor de cristianos. Los Hechos de los Apóstoles lo describen como que respiraba “amenazas de muerte contra los discípulos del Señor” (Hechos, 9:1). Pero en un momento todo eso cambió y hoy muchos le reconocen el merito de haber sido no solo el más activo Apóstol de Jesucristo, sino incluso el codificador y clarificador de la Teología de la nueva fe cristiana a través de sus brillantes epístolas. Para que ese cambio tuviera lugar fue necesario que se le apareciera el Señor mismo, y con palabras llenas de sentimiento le dirigiera aquel estremecedor reproche: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”(Hechos, 9:14). Al cambio operado en la vida de Saulo de Tarso en aquel lugar entre Jerusalén y Damasco se le denomina conversión.

Lógicamente, todo cambia constantemente como ya sabía Demócrito hace muchos siglos. Por eso el filósofo de Abdera es considerado uno de los padres de la dialéctica. En una vida humana, generalmente a los cambios que se operan con el paso de los años se les asocia de una forma negativa con el proceso de envejecimiento, pero no son los únicos ni los más acusados. La literatura está llena de referencias muy amargas al hecho de que el tiempo implacable nos transforma en algo muy diferente a lo que fuimos. Alejo Carpentier escribió en algún momento algo asi como que “entre el yo presente, y el que hubiera querido ser, se ahonda el abismo de las ilusiones perdidas”. Las ilusiones guardan bien poca relación, desde luego, con la parte física o biológica del componente de la persona humana; en la elaboración de la idea de Carpentier más bien se toma como referente un momento en nuestras vidas en que la distancia del tiempo nos asegura que éramos mejores, más coherentes con un idealismo militante que a la luz del cinismo fatalmente desarrollado con los años casi nos parece ingenuo, aunque deseable, y luego la vida, los cambios, las pérdidas, las renuncias, las adaptaciones, las asociaciones, los pactos, las transacciones, nos convierten en lo que somos: una trágica caricatura de lo que una vez quisimos ser. Y basta adquirir conciencia de ello para que aún haya esperanza, recordando aquella etapa en que nos creíamos heroicamente llamados a un destino superior. Y esto no es mera palabrería ególatra: Freud afirmaba que toda persona está convencida de su propia inmortalidad. Quizás esta convicción existe como un extraño mecanismo de adaptación y supervivencia. O quizás “ese mito demencial” encierra otras verdades y no estaba errado Nietzsche cuando hablaba de un círculo del retorno eterno, citado por Kundera al inicio de La insoportable levedad del ser, y de verdad de alguna retorcida manera somos inmortales: “La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito!”.

En algunos casos, para dar marcha atrás y retornar al camino en el momento en que empezó a torcerse, cuando sin darnos cuenta empezamos a renunciar al proyecto, un proceso compuesto de etapas que se van sedimentando como capas de manera imperceptible con la acumulación de decisiones equivocadas a lo largo de los años, no habría que esperar un nuevo ciclo de destrucción-creación de tipo cosmogónico y posiblemente baste, más que con un cambio, con una conversión: algo raigalmente transformador que permita reconquistar el proyecto y convertirnos, más que en lo que fuimos, en lo que alguna vez soñamos llegar a ser. Y aunque suene a manual barato de autoayuda, lo cierto es que el único paraíso definitivamente perdido es el que renunciamos a reconquistar, al igual que, como bien saben los militares, la única batalla perdida es la que previamente se consideraba perdida.

Sería arrogante esperar una interpelación personal de la divinidad al modo de la revelación que recibió San Pablo camino a Damasco para movernos al cambio. Con frecuencia experimentamos eventos fuertemente simbólicos, algunas veces traumáticos y otras sutiles, que bastan para convocarnos a la conversión, a un cambio radical en los estilos de vida, las metas y las interacciones con los demás, porque a fin de cuentas, la vida no es para siempre, y aunque lo fuera, no vale la pena vivir acosados por la sospecha de que lo pudimos haber hecho mucho mejor. Y si a fin de cuentas, como creía Nietzsche, estamos atrapados en un fatal círculo infinito de nacimiento-muerte, más vale hacerlo bien, o estaremos replicando los mismos desaciertos por toda la eternidad, y los mismos errores resonaran por la inmensidad desolada del universo una y otra y otra vez.

lunes, 29 de abril de 2019

La libertad de estar preso



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Recientemente me pidieron un libro en circunstancias muy particulares. Primero, el peticionario, abogado especializado en derecho agrario y económico, sufre prisión por una tipicidad, el cohecho, que en estos tiempos casi se ha convertido en viral y está siendo duramente perseguida por el gobierno, sin resultados visibles. Segundo, me advirtió que probablemente no recuperaría el libro. No pude dejar de pensar con cinismo en Groucho Marx cuando bromeaba que la televisión ha hecho mucho por su educación: cada vez que alguien la encendía, él corría a otra habitación a leer un libro. En otros casos, como en este, no es la caja mágica, antes de rayos catódicos y hoy de pantalla plana y plasma, pero igualmente opio para las masas, sino el rudo “tanque”, entiéndase cárcel, lo que tiene un saludable efecto potenciador de la cultura.

También quiso que se lo dedicara, pero, ¿qué palabras dedicar a alguien que se encuentra en esta situación? Por otra parte, la dedicatoria de libros es casi un subgénero literario. La cárcel no es el fin del mundo, porque como decimos los cubanos que estamos fuera, de la tumba no se sale, pero del “tanque” si. Además, a despecho de la intención de los captores, han existido prisiones fecundas. Hoy conocemos a Julius Fucik básicamente por su “Reportaje al pie de la horca”. Mucho de lo mejor de Gramsci fue escrito en prisión, y no hay cubano que no conozca el famoso alegato de Fidel “La historia me absolverá”. Aquel pedante de Francisco I escribía a su madre desde el seguramente insoportable encierro a que lo tenía reducido su aborrecido enemigo Carlos V tras el descalabro de Pavía: “Todo se ha perdido menos el honor”. Como quien dice, mientras hay vida hay esperanza. Pero no creo que nada de esto reconforte a un espíritu atribulado por la falta de libertad.

Sin embargo, el tema de la libertad puede conducir por caminos discursivos capciosos. ¿Cómo escribir una dedicatoria aleccionadora a un preso sin recordarle que para perder algo, primero hay que poseerlo? Esquilo nos recuerda en su Prometeo encadenado que todos somos reos de la necesidad. Por otra parte, desde que nos pusimos las cadenas de la vida en sociedad que tanto aborrecía Rousseau –sin privarse de disfrutar a discreción sus beneficios agregados –, la libertad se reduce exclusivamente a hacer lo que nos está permitido, algo que es desafiado desde la época de Diógenes. En virtud del Contrato Social, el individuo renuncia a una cuota sustancial de libertad a favor del Estado, que se convierte en albacea o fideicomisario de la libertad de todos los individuos.

El magnifico Erich Fromm decía: “si soy lo que tengo, y si pierdo lo que tengo, entonces ¿quién soy?”. Porque la persona humana es mucho más que la suma de lo que posee, incluyendo la libertad. Baste recordar a Robert Burns que afirmaba que “un hombre es un hombre en cualquier caso”. O Montaigne que decía que donde quiera que haya un hombre se encuentra presente la forma entera de la condición humana. Hasta en una cárcel. Porque si de lo que te privan es de la libertad, podemos preguntar: ¿la libertad de que? Para alguien en situación de pobreza extrema, la libertad de morir de hambre. Para otros, la libertad de ser virtuosos porque se es muy pobre para pecar, o la libertad de andar descalzo si no tienes zapatos, o de pasar frío si careces de abrigo, o de dormir a la intemperie disfrutando el dosel maravillosamente estrellado del firmamento si no tienes casa.

En fin, estimado amigo y colega, ahí va mi dedicatoria, la que no pude ponerte en el libro que nunca te di: La cárcel te puede quitar muchas cosas, pero no la libertad.

lunes, 21 de enero de 2019

La insoportable mortalidad del ser


Juan Carlos Rojas Lorenzo

La muerte es una catástrofe. De hecho, es la mayor de todas las catástrofes. Esta cruda realidad, acechante siempre, y posiblemente causa de todas las neurosis humanas, no la alivia ni la religión, que la ve como tránsito, ni la filosofía banal que aconseja imperturbabilidad ante lo inevitable. Un mundo en el que existe la muerte nunca puede ser considerado un mundo normal. Una especie que alcanzó un punto de su propia evolución en que le es posible racionalizar la muerte, la única especie que puede hacerlo por cierto, que convive con ella, que constantemente se ve confrontada con la certeza de su inevitabilidad, tiene que ser una especie severamente perturbada. La conciencia de existir la recibimos con el veneno oculto de la conciencia de que vamos a morir.

Si saber que vamos a morir es perturbador, saber que las cosas nos sobreviven es morboso. Los antiguos egipcios, y muchos pueblos llamados bárbaros, tuvieron la sabiduría digna del mayor elogio, de enterrar a los muertos con las cosas que usaron en vida. Quizás lo hacían poseídos de un pensamiento puramente utilitario, convencidos de que tras ese umbral que se abría al apagarse todos los signos vitales, la vida continuaba. O tal ves simplemente se rebelaban ante la idea de que las sandalias, o el cincel, o el sombrero que lo acompañaron siguieran en este mundo cuando su dueño ya no estaba en el.

Recuerdo que tras la muerte del padre de un gran amigo, hace ya muchos años, me quedé conmocionado al contemplar las herramientas de trabajo, esas cosas tan inmediatas que cobran una especie de personalidad en relación con su dueño y que conservan visibles muestras del desgaste y el uso en el proceso de irse acomodando a sus manos y a sus hábitos de trabajo, prolijamente acomodadas en el mismo lugar en que las manos del muerto las pusieron la última vez. Me sentí rodeado como por un vacío triste, una molesta sensación de estar profanando algo, y de no saber que hacer con aquellas cosas que parecían repentinamente muertas también.

En vista de todo esto, considero una buena práctica detenernos de vez en cuando a pensar en el sentido que puede tener gastarnos este corto espacio entre dos infinidades acarreando cosas –como el escarabajo con su bola de estiércol – que al final, cuando ya no estemos, solo servirán para proclamar nuestra terrible fragilidad de una manera casi burlona, ya que, como dijo alguien, de nada sirve ser el muerto más rico del cementerio. Si Dios existe, y lo creo, somos el producto de un momento, si es que la divinidad, en su solitaria eternidad tiene momentos, en que se encontraba particularmente dispuesto al sarcasmo.

lunes, 7 de enero de 2019

Renato Descartes en el tribunal (Notas sobre el affaire Ramiro Verdecie)


“En Inglaterra se dice que ningún hombre es condenado mientras exista una partícula de duda en cuanto a su culpabilidad”. Hylton Cleaver.

En el ámbito del derecho, se conoce que la equidad es la justicia aplicada al caso concreto; esta debe guiar el desempeño de los encargados de la sagrada misión de hacer cumplir la ley con el menor lastre posible de subjetividad; algo, lo subjetivo, que determina lo que somos y condiciona lo que hacemos, pero que conviene desterrar, en términos razonables, fuera de los recintos de los tribunales porque en ellos el actuante deja de ser individuo para asumir el papel de esa figura suprahumana que refleja como ninguna otra la arrogancia de la especie y que se denomina “Juez”. Albergo la convicción profunda de que un Juez no puede ser un Individuo, porque ningún individuo tiene derecho a juzgar a otro.

En un magistral cuento de ese prodigio de las paradojas luminosas llamado Gilbert Keith Chesterton, incondicionalmente admirado por Borges, Los tres jinetes del Apocalipsis, el corpulento escritor afirma una de esas ideas espectaculares y sorprendentes: “Y yo sabía que también en Mr. Pond había monstruos: monstruos mentales que emergían un instante a la superficie y luego se perdían…Algunos interlocutores pensaban que en la mitad de un diálogo juicioso se volvía loco. Pero también reconocían que regresaba a la cordura inmediatamente”. Chesterton veía lo que todos vemos, pero poseía el merito de saber decirlo, y además percatarse, como por un sexto sentido, del aspecto esperpéntico que acompaña indefectiblemente a las cosas más triviales y serias. En realidad todos estamos rodeados de lunáticos; nosotros mismos frecuentemente oscilamos como un péndulo de Foucault, o vibramos  como una cuerda de violín entre la cordura y la demencia. Sencillamente es así, por tanto cuando afloran estos desvaríos en las conversaciones hacemos como que no los vemos, porque por lo general son apenas episodios y la persona, como Mr. Pond, recupera inmediatamente la cordura continuando el discurso con suma coherencia.

Lo que no esperamos es encontrarnos estas repentinas pulsaciones de insanía, estos tránsitos entre la cordura y la demencia, en la formalmente razonada sentencia de un tribunal de justicia. Pero ocurre. El contraste es enorme, antinatural, como tropezar con un tranvía dentro de una iglesia. En medio de un vocabulario lleno de tecnicismos consuetudinarios, de momento explota con el refulgir deslumbrante de una supernova, el desvarío de la demencia que nos habita. En mis manos tengo una sentencia que resulta ilustrativa de lo anterior[1]. Dos personas fueron encontradas culpables del delito de cohecho y condenadas con penas de privación de libertad. Uno de ellos, el que salió mejor librado, con cuatro años de privación de libertad subsidiado con cuatro años de Trabajo Correccional con Internamiento, en la práctica fue condenado por la subjetividad de los juzgadores y no por los hechos presentados en su contra. Da igual que fuera mandado a galeras o a peinar gatos en una guardería: lo cierto es que debía ser condenado. El tribunal en un momento de sinceridad reconoce que “aunque no se pudo demostrar un concierto de voluntades la lógica nos indica que ambos estaban haciendo modo de vida de la solicitud de efectivo monetario por la realización de los trámites…” etcétera. Esto, cuanto menos, provoca un rechinar de dientes, por la sencilla razón de que una conclusión puede ser lógica, y no por eso ser verdadera (Harry Kemelman). Por lo que, llegado el caso –quiera Dios que nunca llegue – de vernos en la lamentable necesidad de comparecer como acusados a una sala de justicia, sería preferible un juez escéptico como Santo Tomás, que necesitaba ver para creer, antes que un magistrado cartesiano pagado enteramente de su proceso discursivo lógico. La opinión es libre, pero los hechos son sagrados. Dejar toda la carga de la acción de juzgar –cuestionable per se– en la lógica es desacralizar a la justicia misma. Un hecho puede ser cuestionable, pero es irrefutable en si mismo. Por ejemplo, y citando a Chesterton una vez más, la muerte es un hecho irrefutable. La lógica, por otra parte, era usada desde la antigüedad como una especie de divertimento de feria por algunas escuelas de filósofos más o menos venales como los sofistas que les permitía conciliar los argumentos más absurdos y rocambolescos, a veces por puro aburrimiento y otras para forrarse de dinero, mediante silogismos y otros recursos lógicos de dudosa pertinencia, como aquellos silogismos de Crisipo: “Si no perdiste una cosa, la tienes; no perdiste los cuernos: ergo los tienes”. Precisamente desde entonces se forjó la mala reputación de los abogados que persiste hasta nuestros días. Todo por el abuso de la lógica. Dice Filostrato: “Los atenienses, cuando observaron la gran inteligencia de los sofistas, los excluyeron de los juicios ante los tribunales, porque podían vencer con una causa injusta, una justa y hacerla prevalecer sobre la equidad”. No en balde, el sistema de justicia cubano se proclama seguidor del modelo romano-francés.

En Cuba, indudablemente, existen muy buenos jueces. Los que actuaron en esta causa, según lo que la lógica me indica, no lo son. Otro Santo Tomás, este de Aquino, decía que es preferible que diez culpables queden en libertad antes que un solo inocente sea condenado. Quizás ninguno de los acusados analizados anteriormente era inocente, pero no fue debidamente probado que, por lo menos uno de ellos, no lo fuera. Es cierto que el camino de la justicia en ocasiones se torna extremadamente empinado y escabroso, pero resulta inaceptable que nos conduzca a cometer injusticias por un exceso de celo de higienización social o del cumplimiento de directivas políticas –loables en principio – orientadas a la lucha contra las ilegalidades y la corrupción. El desempeño de los jueces no puede estar mediatizado por metaproyectos transversales, agendas o esqueletos en el armario –como el secreto a voces de que la convicción para juzgar se construye no tanto de hechos como de opiniones – so pena de deslegitimar todo el sistema. No debemos olvidar que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Y el de la justicia, de injusticias.

Hay muchas cosas que nos gustaría cambiar en el modo de impartir justicia en Cuba. Este artículo quizás sea una amarga declaración de impotencia, porque también soy consciente de que resulta extremadamente difícil, sino imposible, despojar a la acción de impartir justicia de su carga subjetiva: la actuación de los jueces siempre tiene un elevado componente valorativo; el juez interpreta, valora, por ejemplo, la declaración de los testigos, la calidad de las pruebas, etc. De manera que, aunque nos pese, la subjetividad siempre va a ser un componente determinante, y esa es una de sus principales taras porque la acción de valorar responde a determinantes históricos y socio-culturales de la persona. Y esto no solo en Cuba. Consciente de esta limitación a las garantías del proceso, el modelo anglosajón trata de minimizar el impacto de la interpretación individual diluyéndola en un jurado de doce personas. Por lo demás, la pretendida independencia del sistema judicial en ocasiones es conculcada por la política, como está ocurriendo en diversas partes de Latinoamérica en este momento con el famoso lawfare o judicialización de la política.



[1] Sentencia número 22 del Tribunal Provincial Popular de Holguín Sala Tercera con sede en el municipio de Banes de fecha 29 de marzo de 2018.

martes, 16 de octubre de 2018

Los establos de Augías



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Cualquier intento de formulación del estado actual de la economía en Cuba puede devenir un elaborado y exquisito manifiesto surrealista. Una rueda, según la definición de Guillaume Apollinaire, es una pierna surrealista. El mercado es, bajo las condiciones adecuadas, una pistola surrealista, y los precios pólvora y pedernal. Entre el Estado y la Sociedad existen un conjunto de relaciones intermedias, actores, actitudes, decisiones, estados cuánticos de desorden que pueden, llegado el caso de la desesperación absoluta, funcionar perfectamente como proyectil que lleve a cabo el suicidio de la utopía social participativa.

Recuerdo haber leído, creo que en Plutarco, que los marineros de cierto barquichuelo que bojeaba las costas de Grecia en los albores de la era cristiana, escucharon consternados una voz profunda que proclamaba la muerte del antiguo Dios Pan. Uno de los Cinco Misterios del Rosario de los cubanos es la agonía de la moneda nacional, el peso. Nadie lo ha proclamado aún, pero muere. Lo están matando los precios.

Pudiéramos decir que es culpa del bloqueo, de la disparidad de ingresos, de las brechas salariales, del monopolio de algunas empresas estatales absolutamente ineficientes (como Suchel), de los leoninos márgenes de ganancia comercial aplicados por el Estado de espaldas a la realidad salarial de amplios sectores, el bajo rendimiento productivo por falta de motivación, la autorregulación en la práctica del mercado interno, la política de parches del Estado, sobre todo en la agricultura, la costumbre de acudir a soluciones paliativas en lugar de atacar el problema de frente, etc. En la percepción popular la culpa es de un Estado cargado de buenas intenciones pero enredado en la trampa cosmética de la democracia y del crecimiento económico como un deus ex machina que resolverá todos los problemas estructurales, dejando de lado “la necesidad indispensable de compensar los negativos efectos sociales de la economía mercantil” (José Luis Rodríguez, La desaparición de la URSS 25 años después: Algunas reflexiones, VI y final).

Por otra parte existe la muy extraña, dijérase inverosímil, relación partenogenética del Estado con la corrupción, que se parece a la del marido cornudo que siempre es el último en enterarse de que su mujer en las noches deja que el vecino entre en la propia huerta y se coma los frutos prohibidos. La corrupción también se puede comparar con el mal aliento: cuando el tirano Hierón de Siracusa se enteró por uno de sus enemigos de que tenía este problema, conocido hoy como halitosis, corrió desconcertado a reprocharle a su mujer por no habérselo dicho antes. La cónyuge, o muy casta o muy tonta o muy astuta, le respondió que ella pensaba que el aliento de todos los hombres olía como el suyo. Comprendió entonces que nadie se atrevía a hablarle con franqueza, ni su propia mujer, lo que comprometía sensiblemente la calidad de la información que recibía para la toma de decisiones, incluso en lo concerniente a los temas más banales. Hay una verdad enorme como el Turquino: la corrupción florece frente a la incapacidad del Estado para atajarla. Aunque exista, como de hecho ocurre, la voluntad política en los más altos niveles, ésta se da de narices con problemas estructurales o de simple flujo de información en cada escenario del país. Los corruptos se sienten tan impunes que realizan su obra impúdica coram populo, como Diógenes que cometía sus indecencias en plena ágora para escarnio de los atenienses. Pero en este caso carece de filosofía, y en el fondo el mensaje es un irrespeto absoluto a todo lo establecido. No hay gradaciones para el ladrón, igual que no hay término medio entre la virtud y el vicio. El término ladrón de guante blanco es una falacia que pretende diferenciarlo del caco de pata de cabra. Robin Hood era una especie de objetor de conciencia; Arsenio Lupin, en cambio, es simplemente un ladrón, elegante pero ladrón al fin. El administrador, director o gerente de una empresa que se apropia de un saco de cemento que quedó “en el aire” fuera de inventario por una especie de magia contable, no se diferencia del delincuente caricaturesco de jersey y antifaz que al amparo de la oscuridad, armado de tenazas y pata de cabra, violentó un candado y saqueó ese almacén llevándose el mismo saco de cemento que a todos los efectos legales no existía dentro del inventario de medios físicos tangibles. Lo que confiere identidad a ambos casos, atribuyéndoles carácter punible, es la intención subjetiva que inspiró la acción.

La última carga al machete de nuestra historia la dirigió Enrique Loynaz del Castillo en el Wajay durante los turbulentos y confusos días de la Guerrita de Agosto contra la reelección de aquel patán de vuelo político gallináceo llamado Tomás Estrada Palma, un canto de cisne inútil para nuestra más gloriosa institución mambisa. Siempre he creído que a la legión de sinvergüenzas corruptos hay que entrarles con aquel poema de Rubén Martínez Villena, el más conocido, quizás el mejor: Hace falta una carga para matar bribones…aunque para ello, eventualmente, haya que resucitar la caballería mambisa. A estas alturas, la única forma de limpiar los establos de Augías de toda su porquería es inundarlos con el torrente purificador de una Revolución dentro de la Revolución.

lunes, 3 de septiembre de 2018

La venganza de los débiles



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Encuentro bien difícil que alguien de nuestra época pueda presumir de haber visto las cosas que dice haber presenciado el replicante Roy (Rutger Hauer) en una de las escenas finales de Blade Runner: naves incendiándose más allá del Cinturón de Orión y otras enormidades que me temo fueron impuestas por el deseo que repentinamente se apoderó del robot moribundo de decir unas palabras bonitas que quedaran para la posteridad, como aquella frase magnifica: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Estaba medio loco, o solamente sintió el imperativo de sobrevivir desesperadamente, trascender y perpetuarse como todo lo que existe, y ya eso le confería un componente de humanidad, pero de que sabía hilar unas frases tremendas eso nadie lo pone en dudas.

En una escala infinitamente menor, en el terreno de las regularidades de una vida humana común y corriente, todos hemos sido testigos de eventos sociales, políticos, tecnológicos, en resumen culturales, que han incidido de diversa manera sobre la conciencia, las actitudes y las respuestas del pueblo de Cuba. Hechos tan escalofriantes por lo repentino como el Periodo Especial, o tan radicalmente transformadores como la revolución tecnológica que permitió la introducción de las computadoras y los teléfonos móviles con la consiguiente, e imparable, apertura a nuevos y desconcertantes horizontes comunicacionales y nuevas plataformas de información, lo que implica para las generaciones con más juventud acumulada cambiar el escenario desde un letárgico caldo social de muy poca movilidad al vértigo de la era digital. Pero siempre nos mantuvimos como un bloque. Recuerdo los comentarios, a mediados de los ochenta cuando después de Brézhnev en poco más de dos años se sucedieron tres primeros secretarios del CC del PCUS. Una actitud casi indiferente ante la crisis política y sistémica de nuestros patrocinadores económicos. Pero después de los noventa ya nada sería igual. En realidad nunca nada es igual, ni el agua del río en el que nos bañamos, ni el que se baña, ni la luz que nos alumbra. En un libro bastante extraño leí una vez que ninguna conversación debe durar más de ocho minutos que es el tiempo que tarda la luz del sol en alcanzar la Tierra.

Hasta las certezas que una vez nos acompañaron se van difuminando. Aún así, este mismo aire que respiramos en algún momento pasó por los pulmones de Sócrates, Platón, Jesús de Nazaret, San Pablo, San Agustín, Lénin, Fidel. Pero el aire no tiene mayores valores nutricios para contagiarnos la grandeza, que evidentemente no se transmite por esta vía, de manera que los cambios que vamos impulsando llevan el sello inequívoco de nuestra gris medianía.

Existe un malestar subyacente en el pueblo cubano, que se manifiesta la mayoría de las veces en un sordo murmullo, a manera de la venganza de los débiles. Pero en ocasiones rompe el dique del silencio autoimpuesto y se desborda en torrentes liberadores. La consulta popular sobre el proyecto de Constitución puede generar este efecto. He estado en una sola de estas consultas, y quedé convencido del enorme malestar que corroe las conciencias de muchas personas al sentirse traicionados por lo que está ocurriendo en Cuba, fundamentalmente en el tema económico. Quedé sorprendido por la vehemencia de los planteamientos, y por la amargura escondida tras las palabras al ver como lo que antes, durante décadas, llenó de sentido el actuar de todo un conglomerado humano, es abandonado por oscuras elucubraciones sobre economía y mercado.