Páginas

miércoles, 3 de enero de 2018

La cosa y el año nuevo[1]






Estos días de inicio de año nos brindan una oportunidad excepcional para conocer un poquito mejor a los demás y a nosotros mismos. Un filósofo que vivió en las postrimerías del imperio romano, elevado a los altares por la iglesia católica, San Agustín de Hipona, afirmaba que “tu deseo es tu oración”. Entre otras cosas es una exhortación a llenarnos de pensamientos positivos, pero también significa que por los deseos podemos conocer que es lo que resulta importante para la persona, cómo es, que temperatura marca el termómetro de sus valores. Especialmente reveladores son los deseos de fin de año y año nuevo. El espectro no es tan amplio, casi siempre en torno a la salud y la prosperidad, que aunque cubren casi todas las expectativas, no las agotan del todo. Existe por ahí una frase que afirma que el sabio habla de las ideas, el inteligente de los hechos y el hombre vulgar de  lo que ha comido. Y aunque Borges, maestro de la palabra, un tanto cínicamente escribió que casi nunca lo que decimos se parece a lo que somos, sin embargo, no hay dudas de que las palabras son una expresión de la forma particular de entender el mundo, y de las herramientas valorativas con que cuenta cada cual para entenderlo.

Estas reflexiones me las motivaron precisamente unas palabras de fin de año, captadas al azar en plena calle, que no destacan por su originalidad, profundidad o lirismo sino que, por el contrario, se han convertido en una angustiosa queja letánica, a modo de conjuro o exorcismo inconsciente en boca de los cubanos: “¡Que mala está la cosa!” –dijo la mujer al pasar junto a la carretilla donde un nuevo Shylock ofertaba viandas y vegetales a precios de posguerra, apresurándose mientras arrastraba del brazo a una niña pequeña con cara de absoluta indiferencia por las mercantiles preocupaciones de la gente grande.

Quizás a esta persona le faltaron palabras para formular un deseo de año nuevo y quedó como la expresión amarga de una fallida articulación de la realidad material con los deseos de la subjetividad. Una relación que por definición es problémica e implica conflicto, tensión y dicotomía. Por eso es necesario clarificar, antes de dejarnos arrastrar por la amargura o el desaliento, qué es lo realmente importante para nosotros, que tan mal, o tan bien estamos. Habría que buscar un paradigma absoluto del bienestar que funcione para caracterizar lo individual o la colectividad en su conjunto, y entonces quizás veríamos con sorpresa que, en el fondo, no estamos tan mal, ni la “cosa” está tan jodida como en un primer momento pensamos, y que depende más bien de los estándares que se nos impongan o que nosotros mismos asumamos, o de los referentes usados para comparar, ya que continuamente, y aún inconscientemente, estamos comparando mientras hilvanamos el proceso discursivo del pensamiento, sin menospreciar las aspiraciones individuales que poseen valores instrumentales propios y determinados. Si algunos sueñan con hacer turismo en Grecia para admirar el Partenón, para otros contemplar ruinas de la cultura clásica en algún pedregal del Ática puede no ser más que una ociosidad esnobista. Lo que importa es el valor instrumental de las aspiraciones, siempre que constituyan motores de impulso, y no meros condicionantes inmovilizadores, portadores del veneno oculto de la frustración.

Cada persona es tan miserable como cree serlo. Es casi una condición existencial. Como el Juan Aldán de Los gozos y las sombras, anarquista por resentimiento, y no por convicción. Lo mismo se sentirían infelices en La Habana que en Madrid o en Sibaris. Parecen haber sido creados para militar permanentemente en la oposición, porque se encuentran raigalmente incapacitados para ver lo bueno; nacidos para criticar, para señalar solamente lo malo, olvidan que una interpretación, un tanto casuística, del mal, de lo malo, es como ausencia absoluta de bien, de lo bueno. Serian capaces de preguntar, como Unamuno, “¿de qué se trata, para oponerme?”. Al que hace de quejarse un oficio, se le atrofia la capacidad de apreciar lo hermoso y bueno. Las mejores cosas las recibimos sin costo alguno, se nos ofrecen como un don gratuito de la vida. En cambio, nos afanamos por rodearnos con vacuidades costosas que no hacen más que ahondar el abismo del vacío interior. Recuerdo las palabras de Rousseau al inicio, creo, del Emilio, cuando decía que el hombre ama los monstruos: nacen libres pero insisten en cargarse de cadenas.

Las cosas las percibimos a través de los cristales de la subjetividad, por lo que generalmente la percepción de la realidad y la valoración que de ella hacemos estarán sesgadas por los prejuicios y las ideas apriorísticas que condicionan nuestra personalidad. Conozco personas que le echan la culpa de sus fracasos, o de la angustia existencial que los ahoga como un reflujo gástrico, a la economía, al gobierno, a la pareja, al trabajo o al clima, sin excluir que en algún momento todos juntos o por separado efectivamente influyan en la percepción del bienestar individual. Pero las culpas, como decimos en buen cubano, nunca caen al suelo. Algunos creen que mudándose a otra provincia, o cambiando de trabajo, serían felices. Bueno, como decía Dale Carnegie, eso es dudoso. Las personas más felices son aquellas que necesitan menos para serlo, aunque un corazón enorme, lleno de gratitud y deseos positivos, no es poco. Así que, para este 2018, saca toda la felicidad que puedas de lo que estás haciendo, no pospongas el ser feliz hasta alguna fecha futura ni lo dejes en manos del gobierno o el clima, que casi siempre terminan arruinándolo todo, y vive convencido de que no es necesario salir de nosotros mismos o ir a lugares remotos para conseguirla. Descubrirás que la “cosa” no está tan mala, que nos sobran motivos para ser optimistas y sentir reconocimiento. Que lo logres es mi deseo para este año que recién se estrena. Para comenzar, no sería mala idea imitar a ese barbero de mi pueblo que colgó un letrero en la pared con estas sabias palabras: “Prohibido hablar de la cosa”.

Por mi parte, al comenzar este nuevo año le doy gracias a Dios por mi familia, por los amigos que como dijo alguien también son familia, la que uno elije, por los que están, cerca o lejos, y por el tiempo que me permitió caminar un trecho junto a los que en el 2017 partieron para siempre dejándonos la angustiosa sensación de quedar un poco incompletos; por los libros que leí, por lo aprendido y hasta por lo que olvidé que es una forma sabia y compasiva de ir aligerando el equipaje cuando el peso de los años comienza a encorvar la espalda, por las decisiones y por todo lo acumulado en esta ya no muy corta vida que han conducido a este preciso momento. También le doy gracias por la “cosa”, ese intangible maelstrom omnipresente que nos pone a prueba continuamente, permitiendo se imponga la grandeza del alma frente a la mezquindad de las circunstancias.


[1]La “cosa”, en la cosmogonía que forma parte de la teoría del todo de los cubanos viene siendo como el verbo unificador de todos los elementos externos al individuo por los que se articula, o en los que se manifiesta, la relación social enajenante.

martes, 12 de diciembre de 2017

La trágica historia de Eva Golinger



Juan Carlos Rojas Lorenzo

En nuestros días, el movimiento reivindicatorio de los derechos de la mujer ha tomado el peligroso camino de hacerlo a costa de disminuir y satanizar al genero opuesto, convirtiéndolo en una suerte de sexo infame y maldito, culpable de todos los males de la humanidad a lo largo de su historia, reduciendo la historia misma a una lucha de géneros pugnando por prevalecer a costa del otro.

En esta tónica, un día la señora Eva Golinger, abogada y escritora, se despertó más amargada y resentida que de costumbre, encendió el ordenador y se puso a echar ranas por la boca contra los hombres que en su imago son todos unos violadores porque a los catorce años un enfermo pervertido la violó a ella.

 
Indudablemente lo ocurrido a la periodista fue una desgracia impensable. Constituye uno de esos actos de barbarie que retrotraen a la humanidad en su conjunto a la prehistoria. No hay manera de desligarnos de la parte de culpa que nos toca, pues todos somos responsables de lo que haga cualquier hombre o mujer, en el lugar que se encuentre, en contra del otro que lleva, como decía Montaigne, la forma entera de la condición humana, como también la lleva el perpetrador. Cada acción, buena o mala, proclama nuestra humanidad. Es una responsabilidad compartida, como también decían Franz Fanon y John Donne, pensando cada uno, quizás, en cosas diferentes. Si no fuera un tema tan serio, me atrevería a decir que el hecho de pertenecer a la especie humana es ya en si mismo un atenuante. También prueba que un millón de años de evolución, y a pesar de cuantos Sapiens Sapiens le pongamos detrás al Homo, seguimos siendo criaturas imperfectas a medio evolucionar, a mitad de camino entre lo que quisiéramos llegar a ser y el chimpancé primigenio del que partimos, con el que compartimos un 99 % de identidad genética. Que a pesar de los ordenadores, las estaciones espaciales o el Gran Colisionador de Hadrones del CERN, seguimos siendo monos territoriales enfatuados con el agravante de que nos creemos muy inteligentes. Y que lamentablemente, el desarrollo tecnológico alcanzado de forma general va mucho más adelantado que la madurez espiritual y la responsabilidad social en tanto suma de los valores que nos definen como especie, más allá de los accesorios incidentales, porque a fin de cuentas un iPhone, como herramienta, está al mismo nivel que un palo en manos de un gorila.

A pesar de la justeza de la causa, hay que cuidarse de caer en extremos descalificadores, y eso es precisamente la filípica de la periodista estuprada que pierde la proporción de las formas, convirtiéndose en un histérico manifiesto androfóbico tomando la parte por el todo, considerando a cada hombre un malnacido neandertal y un despiadado depredador sexual al acecho. Con lo cual demuestra que ha convertido el brutal acontecimiento en un bucle infinito, reseteándose continuamente en el momento angustioso en que perdió, junto con la inocencia, la capacidad de creer, e impidiéndole continuar adelante, como en la película de Tom Cruise, Edge of Tomorrow. La incapacidad de perdonar es el verdadero infierno. Por lo demás, el imbécil inadaptado que la atacó no merecería ni una sola de estas líneas, si su infame acto no se hubiera perpetuado a través de las cicatrices dejadas en la victima, recluyéndola de por vida en una especie de gineceo mental inaccesible convenientemente protegida de esa peste de leprosos libidinosos que, a su juicio, somos nosotros, los hombres.

Pero, en realidad, no todos los hombres son malos, ni todas las mujeres buenas. Para pecar, casi siempre hacen falta dos. Si afirmamos el duro hecho de que ya no quedan caballeros andantes, debemos aceptar en la misma medida la realidad de que tampoco existen damas que estén a la altura de convertirse en ideal. Si en la Edad Media los caballeros se dejaban descuartizar por la dama de sus pensamientos, aquellas mascaban cal para merecerlo. Hoy, cuando se habla de los Borgia nadie recuerda ya a Rodrigo (Alejandro), el Papa venal, nepotista y simoniaco, ni a Cesar, el inescrupuloso Príncipe que sirvió de modelo a Maquiavelo, y mucho menos a Francisco de Borja (un Borgia recastellanizado), el santo jesuita, sino a Lucrecia, la tenebrosa y bella reina del veneno y la lujuria, arquetipo del modus vivendi en las cortes del renacimiento italiano.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Una residencia nueva y un problema viejo



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Imágenes televisivas muestran un atisbo de una residencia estudiantil de primer mundo: habitaciones individuales, no solo decorosas, sino incluso para nuestros estándares, lujosas, con climatización artificial, conectividad, teléfono fijo. No es Harvard, el MIT ni Cambridge. Son las habitaciones para los elegidos del centro de formación de atletas de alto rendimiento Cerro Pelado en La Habana, Cuba.

Condiciones excepcionales, que no tienen ni de cerca, nuestros aspirantes a médicos, o a ingenieros y mucho menos a maestros, y no se me escapa el hecho de los grandes sacrificios que hacen los deportistas en su formación, el modo de vida espartano que deben abrazar, o que el Cerro Pelado es la cúspide del Alto Rendimiento a nivel nacional. Pero es innegable que esta opción preferencial por el músculo coloca a los deportistas varios peldaños por encima del resto, creando una brecha, otra más, en nuestra ya bien escindida estructura social.

Sin embargo, estadísticamente, una promoción de médicos o de maestros es más efectiva, y desde luego socialmente más redituable, que una promoción de deportistas, muy pocos de los cuales logrará un titulo mundial u olímpico, no realizan o como diríamos en derecho, no perfeccionan el fin para el que fueron formados, esto es, simple y llanamente, y retórica aparte, ganar medallas. Cada médico, mientras tanto, habrá salvado innumerables vidas, o por lo menos mejorado la calidad de la de quienes acudan a sus consultas, con un desempeño altamente profesional y pocas veces negativo. El maestro año tras año instruye y educa pacientemente, garantizando la transmisión del conocimiento acumulado por el hombre en su infatigable andar por el mundo. Y si de medallas se trata, cada maestro es un medallista elevado a lo más alto del podio de la consagración, de la vida humilde, abnegada y casi siempre, anónima, en el sentido de que no goza del glamour de otras profesiones mejor remuneradas y en la misma proporción, socialmente mejor reconocidas más allá del discurso, porque debemos enfrentar el hecho de que en nuestra sociedad se ha entronizado un criterio del éxito o el prestigio en función de la economía, de cuan provista esta la billetera. Un maestro es alguien con la cabeza llena de conocimientos, el corazón rebosante de valores humanos y patrióticos, pero el bolsillo vacío y la mesa como la del clérigo del Lazarillo de Tormes. Si la pobreza es nobleza, bien nos merecemos un trono.

Los médicos y los maestros encarnan la vocación transformadora de la Revolución. Alcanzan reconocimiento universal por la excelencia de su trabajo. Los estudiantes cubanos ganan concursos internacionales. Ejemplos de solidaridad, desprendimiento y valentía, han desarrollado su labor en las más difíciles condiciones, en zonas de conflicto, convencional o no convencional, o de virulentas epidemias, y constituyen el arquetipo de esos héroes de que hablaba el Che, no de los momentos magníficos, sino de la cotidianidad. Aun así, para formarse han debido hacer los mayores sacrificios.

Por otra parte, un pelotero de la serie nacional gana mil CUP al mes más alguna dieta agregada, y con la ventaja de no tener que hacer gastos de transportación ni de alimentación ni de vestuario. Aunque exhiba un rendimiento más bien discreto, y ni hablar que en el escenario mundial hace tiempo que la diosa Niké, la victoria, les ha dado la espalda. Un maestro, en cambio, a pesar de la importancia vital de su labor, tiene un salario básico de más o menos la mitad de lo que gana un pelotero en la serie nacional. Y todavía al maestro se le exige hacer formación vocacional, y “convencer” a sus alumnos para que cojan alguna carrera pedagógica, que se autoprepare, lo que pasa por comprar libros cuyo precio equivale a un día de trabajo, que cada día de los diez meses y pico que tiene el año lectivo, vaya presentable al aula, entre otras muchísimas cosas que por valentía y consagración, sabe que tiene que dejar fuera del aula, sin lograrlo del todo. De esta forma, la imagen del maestro amable y preocupado, no es de extrañar que dé paso a la persona malhumorada y neurótica del individuo enajenado.

Indudablemente, está muy bien que los deportistas de alto rendimiento cuenten con una residencia lujosa, y que les paguen a los peloteros un salario que ojala fuera mayor. Es alentador constatar que el Estado muestra avances en su dinámica de desarrollo. Pero está muy mal que, de la misma forma, no se realicen acciones con una concreción efectiva, encaminadas a mejorar significativamente las condiciones estructurales, materiales y de confort de las residencias de los estudiantes de medicina y de los pedagógicos en las provincias, y está todavía peor el salario que le pagan a un maestro, sin que llegue el ansiado “aumento”, que ya forma parte de lo mítico y lo fabuloso en el imaginario de este sector, “bloqueado” o postergado por elucubraciones ininteligibles sobre el crecimiento económico y la amenaza de una escalada inflacionaria que sin embargo no ha desbordado los diques cambiarios a pesar del cuentapropismo, el pago por resultados en la construcción, la agricultura, los servicios, las industrias estratégicas, las misiones y los trabajadores vinculados al turismo los cuales movilizan para su peculio grandes volúmenes de efectivo, olvidando que no habrá dinero mejor pagado por un trabajo, que en buena ley es impagable, que la labor de educar, de crear conciencia y reproducir valores esenciales para la construcción de un modo de vida alternativo, socialista y revolucionario, y que resulta imprescindible no solo para la sociedad, sino para el mismo individuo por el poder liberador del conocimiento y por las herramientas hermenéuticas para la cognoscibilidad de un mundo cada vez más complejo y teleologicamente desafiante.

viernes, 17 de noviembre de 2017

SOS: Coto de caza en peligro



SOS: Coto de caza en peligro
Juan Carlos Rojas Lorenzo

Monarquía significa simple y llanamente gobierno de uno solo. Eso lo dice todo. En algún momento de la historia, se elaboró la formula “rey por derecho divino”, haciendo responsable a Dios de las más que frecuentes meteduras de patas de los casi siempre inútiles gobernantes hereditarios. Por experiencia sabemos que un monarca es tan efectivo como la guardia suiza del vaticano en la actualidad: su valor es puramente decorativo –excepto en algunas monarquías del golfo–, y extremadamente caros, como ciertas porcelanas chinas. Una de las mayores enseñanzas de la Revolución Francesa es que los pueblos necesitan un rey tanto como los peces una bicicleta.


Recientemente la prensa mundial se hizo eco de la preocupación del príncipe Guillermo, el número dos en la sucesión al antiguo trono de Eduardo el Confesor, por la amenaza a los ecosistemas y la desaparición de especies debido a la superpoblación mundial, y de la solución maltusiana del hijo de la princesa Diana y su abuelo, el consorte de la reina Isabel II, aconsejando la implementación de controles gubernamentales sobre la natalidad. “El príncipe Guillermo de Inglaterra manifestó, durante una cena de gala de la organización benéfica Tusk, en Londres, su preocupación por la superpoblación de la Tierra, y recalcó que es imprescindible tomar medidas para salvar ciertas poblaciones de animales.

Las preocupaciones del también duque de Cambridge dan continuidad a las manifestadas por su abuelo, Felipe de Edimburgo, quien en 2011 abogó por la 'limitación familiar voluntaria' como un medio para resolver la superpoblación, que describió como el mayor desafío en la conservación de la biodiversidad”(https://actualidad.rt.com/actualidad/254284-principe-guillermo-rapido-crecimiento-poblacion, 3 de noviembre de 2017).

La cuestión es que Europa está desde hace décadas en medio de una transición demográfica al igual que casi todos los países desarrollados, lo que significa que las mujeres paren poco, y los hijos que nacen tienen una alta expectativa de vida. Entonces evidentemente la preocupación del príncipe no se podía referir a la culta y cada vez más estéril Europa. Donde si se sigue pariendo muchísimo es en los países pobres, en especial en el continente africano, lo que nos induce a pensar que la angustia del príncipe se origina en que están naciendo muchos pobres hambrientos en América y Asia, pero especialmente muchos más en África que a su juicio pueden llegar a constituir una amenaza bastante seria para las poblaciones de animales salvajes en las grandes sabanas donde tradicionalmente la nobleza europea realiza sus safaris. Esto último puede ser pura coincidencia, aunque creo que todos recuerdan el episodio del rey Juan Carlos cuando se dislocó la cadera en una de sus expediciones armadas contra la fauna del continente negro. A falta de moros… Quizás en la última razzia cinegética, el Windsor no encontró tantos leones, o antílopes, o ñus o lo que sea que se dedican a matar y eso evidentemente lo deprimió un poco, llevándolo a reflexionar. Pero reflexionar no parece ser su fuerte. De cualquier manera, la angustia y la preocupación que exteriorizó por salvar a toda costa los cotos de caza del hombre blanco europeo de la amenaza de la otra parte de la humanidad de piel quebrada parecen sinceros. Su madre, por lo menos, encontró una causa auténtica haciendo campaña contra las minas antipersonales y por eso merece todo el crédito del mundo.

Como institución, la monarquía y por extensión la decadente nobleza que literalmente le hace la corte, solo conserva en nuestros días, de las glorias de antaño, la Orden de la Jarretera, la afición cinegética, la carencia absoluta de sentido político y la capacidad para escandalizarnos a nosotros, la plebe, con sus extravagantes actuaciones públicas. Todavía los latinoamericanos no hemos olvidado el exabrupto del rey de España contra el presidente Chávez en una cumbre Iberoamericana, como si se encontrara presidiendo el Consejo de Indias y no en una reunión de Jefes de Estados soberanos. Todos son iguales. Para comprobarlo solo hay que dejarlos hablar. Por suerte para ellos, no tienen que hacer campaña: tienen el trono asegurado por derecho divino.