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martes, 16 de octubre de 2018

Los establos de Augías



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Cualquier intento de formulación del estado actual de la economía en Cuba puede devenir un elaborado y exquisito manifiesto surrealista. Una rueda, según la definición de Guillaume Apollinaire, es una pierna surrealista. El mercado es, bajo las condiciones adecuadas, una pistola surrealista, y los precios pólvora y pedernal. Entre el Estado y la Sociedad existen un conjunto de relaciones intermedias, actores, actitudes, decisiones, estados cuánticos de desorden que pueden, llegado el caso de la desesperación absoluta, funcionar perfectamente como proyectil que lleve a cabo el suicidio de la utopía social participativa.

Recuerdo haber leído, creo que en Plutarco, que los marineros de cierto barquichuelo que bojeaba las costas de Grecia en los albores de la era cristiana, escucharon consternados una voz profunda que proclamaba la muerte del antiguo Dios Pan. Uno de los Cinco Misterios del Rosario de los cubanos es la agonía de la moneda nacional, el peso. Nadie lo ha proclamado aún, pero muere. Lo están matando los precios.

Pudiéramos decir que es culpa del bloqueo, de la disparidad de ingresos, de las brechas salariales, del monopolio de algunas empresas estatales absolutamente ineficientes (como Suchel), de los leoninos márgenes de ganancia comercial aplicados por el Estado de espaldas a la realidad salarial de amplios sectores, el bajo rendimiento productivo por falta de motivación, la autorregulación en la práctica del mercado interno, la política de parches del Estado, sobre todo en la agricultura, la costumbre de acudir a soluciones paliativas en lugar de atacar el problema de frente, etc. En la percepción popular la culpa es de un Estado cargado de buenas intenciones pero enredado en la trampa cosmética de la democracia y del crecimiento económico como un deus ex machina que resolverá todos los problemas estructurales, dejando de lado “la necesidad indispensable de compensar los negativos efectos sociales de la economía mercantil” (José Luis Rodríguez, La desaparición de la URSS 25 años después: Algunas reflexiones, VI y final).

Por otra parte existe la muy extraña, dijérase inverosímil, relación partenogenética del Estado con la corrupción, que se parece a la del marido cornudo que siempre es el último en enterarse de que su mujer en las noches deja que el vecino entre en la propia huerta y se coma los frutos prohibidos. La corrupción también se puede comparar con el mal aliento: cuando el tirano Hierón de Siracusa se enteró por uno de sus enemigos de que tenía este problema, conocido hoy como halitosis, corrió desconcertado a reprocharle a su mujer por no habérselo dicho antes. La cónyuge, o muy casta o muy tonta o muy astuta, le respondió que ella pensaba que el aliento de todos los hombres olía como el suyo. Comprendió entonces que nadie se atrevía a hablarle con franqueza, ni su propia mujer, lo que comprometía sensiblemente la calidad de la información que recibía para la toma de decisiones, incluso en lo concerniente a los temas más banales. Hay una verdad enorme como el Turquino: la corrupción florece frente a la incapacidad del Estado para atajarla. Aunque exista, como de hecho ocurre, la voluntad política en los más altos niveles, ésta se da de narices con problemas estructurales o de simple flujo de información en cada escenario del país. Los corruptos se sienten tan impunes que realizan su obra impúdica coram populo, como Diógenes que cometía sus indecencias en plena ágora para escarnio de los atenienses. Pero en este caso carece de filosofía, y en el fondo el mensaje es un irrespeto absoluto a todo lo establecido. No hay gradaciones para el ladrón, igual que no hay término medio entre la virtud y el vicio. El término ladrón de guante blanco es una falacia que pretende diferenciarlo del caco de pata de cabra. Robin Hood era una especie de objetor de conciencia; Arsenio Lupin, en cambio, es simplemente un ladrón, elegante pero ladrón al fin. El administrador, director o gerente de una empresa que se apropia de un saco de cemento que quedó “en el aire” fuera de inventario por una especie de magia contable, no se diferencia del delincuente caricaturesco de jersey y antifaz que al amparo de la oscuridad, armado de tenazas y pata de cabra, violentó un candado y saqueó ese almacén llevándose el mismo saco de cemento que a todos los efectos legales no existía dentro del inventario de medios físicos tangibles. Lo que confiere identidad a ambos casos, atribuyéndoles carácter punible, es la intención subjetiva que inspiró la acción.

La última carga al machete de nuestra historia la dirigió Enrique Loynaz del Castillo en el Wajay durante los turbulentos y confusos días de la Guerrita de Agosto contra la reelección de aquel patán de vuelo político gallináceo llamado Tomás Estrada Palma, un canto de cisne inútil para nuestra más gloriosa institución mambisa. Siempre he creído que a la legión de sinvergüenzas corruptos hay que entrarles con aquel poema de Rubén Martínez Villena, el más conocido, quizás el mejor: Hace falta una carga para matar bribones…aunque para ello, eventualmente, haya que resucitar la caballería mambisa. A estas alturas, la única forma de limpiar los establos de Augías de toda su porquería es inundarlos con el torrente purificador de una Revolución dentro de la Revolución.

lunes, 3 de septiembre de 2018

La venganza de los débiles



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Encuentro bien difícil que alguien de nuestra época pueda presumir de haber visto las cosas que dice haber presenciado el replicante Roy (Rutger Hauer) en una de las escenas finales de Blade Runner: naves incendiándose más allá del Cinturón de Orión y otras enormidades que me temo fueron impuestas por el deseo que repentinamente se apoderó del robot moribundo de decir unas palabras bonitas que quedaran para la posteridad, como aquella frase magnifica: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Estaba medio loco, o solamente sintió el imperativo de sobrevivir desesperadamente, trascender y perpetuarse como todo lo que existe, y ya eso le confería un componente de humanidad, pero de que sabía hilar unas frases tremendas eso nadie lo pone en dudas.

En una escala infinitamente menor, en el terreno de las regularidades de una vida humana común y corriente, todos hemos sido testigos de eventos sociales, políticos, tecnológicos, en resumen culturales, que han incidido de diversa manera sobre la conciencia, las actitudes y las respuestas del pueblo de Cuba. Hechos tan escalofriantes por lo repentino como el Periodo Especial, o tan radicalmente transformadores como la revolución tecnológica que permitió la introducción de las computadoras y los teléfonos móviles con la consiguiente, e imparable, apertura a nuevos y desconcertantes horizontes comunicacionales y nuevas plataformas de información, lo que implica para las generaciones con más juventud acumulada cambiar el escenario desde un letárgico caldo social de muy poca movilidad al vértigo de la era digital. Pero siempre nos mantuvimos como un bloque. Recuerdo los comentarios, a mediados de los ochenta cuando después de Brézhnev en poco más de dos años se sucedieron tres primeros secretarios del CC del PCUS. Una actitud casi indiferente ante la crisis política y sistémica de nuestros patrocinadores económicos. Pero después de los noventa ya nada sería igual. En realidad nunca nada es igual, ni el agua del río en el que nos bañamos, ni el que se baña, ni la luz que nos alumbra. En un libro bastante extraño leí una vez que ninguna conversación debe durar más de ocho minutos que es el tiempo que tarda la luz del sol en alcanzar la Tierra.

Hasta las certezas que una vez nos acompañaron se van difuminando. Aún así, este mismo aire que respiramos en algún momento pasó por los pulmones de Sócrates, Platón, Jesús de Nazaret, San Pablo, San Agustín, Lénin, Fidel. Pero el aire no tiene mayores valores nutricios para contagiarnos la grandeza, que evidentemente no se transmite por esta vía, de manera que los cambios que vamos impulsando llevan el sello inequívoco de nuestra gris medianía.

Existe un malestar subyacente en el pueblo cubano, que se manifiesta la mayoría de las veces en un sordo murmullo, a manera de la venganza de los débiles. Pero en ocasiones rompe el dique del silencio autoimpuesto y se desborda en torrentes liberadores. La consulta popular sobre el proyecto de Constitución puede generar este efecto. He estado en una sola de estas consultas, y quedé convencido del enorme malestar que corroe las conciencias de muchas personas al sentirse traicionados por lo que está ocurriendo en Cuba, fundamentalmente en el tema económico. Quedé sorprendido por la vehemencia de los planteamientos, y por la amargura escondida tras las palabras al ver como lo que antes, durante décadas, llenó de sentido el actuar de todo un conglomerado humano, es abandonado por oscuras elucubraciones sobre economía y mercado.

viernes, 31 de agosto de 2018

Después de Gutenberg



Juan C. Rojas Lorenzo

Las palabras venden jabones o ganan guerras.
Charles Wright Mills. La elite del poder.
                                                                               
En algún lugar Franz J. Hinkelammert escribió que “el significado histórico de un acontecimiento está en el hecho de que cada acontecimiento hoy tiene antecedentes en el pasado. Estos antecedentes no son causas, pero son condiciones sine qua non, sin las cuales la posibilidad del acontecimiento hoy no es explicable”. De acuerdo con este criterio, los griegos de la época clásica se nos presentan como un caso notable de explicación y aún construcción del presente a partir de muy poca, y no del todo fidedigna, información de su propio pasado. Lo que es más sorprendente, esa información provenía de un solo autor que gozó de una autoridad casi oracular. Hay un periodo en la historia griega conocido como Micénico, por la ciudad de Agamenón desenterrada por Schliemann en el siglo XIX, del que solo quedaba el desdibujado recuerdo en las dos grandes epopeyas homéricas. Por eso Homero, como dice un historiador, “fue su símbolo de nacionalidad, la autoridad intachable de su historia primitiva, y una figura decisiva en la creación de su Panteón”. Esto, que parece un inconveniente por la falta de alternativas con fines verificativos, en realidad facilitó el proceso de cohesión y de autorreconocimiento de los habitantes de la hélade, que aun cuando divididos por muchas veces sangrientas e irreconciliables diferencias, como Atenas y Esparta, en cambio se sentían portadores de una misma tradición identitaria, homérica, frente a quienes quedaban fuera de este espectro de irradiación cultural, los bárbaros.

Veintiocho siglos después de Homero, la globalización de la información propiciada desde Internet ha convertido el simple acto de informarse en un complejo y riesgoso proceso en el que casi nunca logramos lo que buscamos, y casi siempre terminamos más confundidos que antes, todo ello por la versatilidad y la diversidad de fuentes. En un pasado no tan lejano, las personas bien que mal, tenían acceso a las mismas noticias, a través de los mismos medios de comunicación convencionales, los periódicos, la radio, la televisión. El hecho informativo era vertical y escapaba al control del receptor final. Transmitía seguridad y confianza, elementos esenciales para la estabilidad de una comunidad humana que al final determina o compromete la funcionalidad misma de todo el sistema. Trasciende y se sublima en confianza o desconfianza incluso más allá del sistema, al crear certidumbre a partir de la sensación de compartir la misma información, aún cuando nos pudiera asaltar la vaga sospecha de no tener control sobre la información que recibimos que responde muchas veces a intereses editoriales que pueden estar mediatizados por oscuras motivaciones.

La sobreabundancia de fuentes de información disponibles en la Web global no ha podido mejorar las cosas. Al contrario. Siempre que abrimos una página nos invade la desconfianza. Lo primero que pensamos es que la Internet es esencialmente una plataforma de opinión. Es bueno tener una tribuna para opinar, todos tenemos algo que decir, y creemos que lo que tenemos que decir es lo más importante que se puede decir, por eso Internet está hecha a la medida de la necesidad de autopromoción que se agazapa en todo ser humano. Recientemente, buscando información sobre geopolítica y planes de dominación global, entre artículos realmente buenos de autores como Noam Chomsky, Jean Baudrillard, Eduardo Galeano o Thierry Meysan, encontré muchísima hojarasca sobre teorías de la conspiración que se movían en un amplísimo registro, desde misteriosas revelaciones gnósticas sobre una oscura conspiración de lavado de cerebro extraterrestre a través de las tres grandes religiones abrahamicas, hasta los planes illuminati de dominio mundial. Confieso que mi racionalidad se tambaleó y terminé preguntándome si no habría algo de verdad en todo eso, y realmente los illuminati estarían metiendo la garra en las oficinas ejecutivas de las grandes potencias. Si, por ejemplo, los miembros del Club Bilderberg no estarían amarrados por finos hilitos de seda tirados por algún perverso demiurgo illuminati.

La relación frente a la información en estos tiempos de multiplataformas no convencionales, posgütenbergianas, como nunca antes nos obliga a plantearnos una cuestión de actitud y de roles, a tomar partido, a armarnos de criterio para elegir qué página Web abrir, que articulo leer, ya que este hecho nos hará participes de la intencionalidad de su contenido, formaremos parte o más bien completaremos, consumaremos, la concepción o el plan maestro para el que fue creado. Quisiera pensar que en nuestra época el hombre no se define por lo que come, sino por lo que lee, o más bien por la actitud con la que enfrenta el acto de la lectura, lo que nos remite a la afirmación de Gramsci de que el hombre es el proceso de sus actos. Ocurre algo similar que con la apreciación del arte, que es concebida como co-creación, lo cual significa que la obra no termina con el último brochazo del pintor, sino que se realiza cada vez que es contemplada y “racionalizada” por cada nuevo sujeto. O con un texto teatral que se enriquece tras cada puesta, surgiendo un texto paralelo pero igualmente válido y tan canónico como el primario, pues según Antón Arrufat, “la puesta en escena es también un texto”. La lectura es parte del texto, por lo que la palabra escrita, en cualquiera de sus formatos, no funciona como sinécdoque o tropo retórico, tomando la parte como el todo, el medio como fin, como mero ejercicio de narcisismo intelectual, ni para terminar ocupando espacio en algún servidor ignoto del primer mundo, sino que el fin de cada palabra somos nosotros. Parafraseando a Montaigne, la palabra es mitad de quien la escribe y mitad de quien la lee.

lunes, 27 de agosto de 2018

El presente distópico



Juan Carlos Rojas Lorenzo

En la red underground de distribución de audiovisuales que en Cuba funciona como una TV informal, horizontal, no convencional, conocida como El Paquete, recientemente encontré, con enorme satisfacción, una copia de Blade Runner. La disfruté por enésima vez, y la historia de ese futuro distópico en que terminamos cagando nuestro mundo encarnado brillantemente en las historias de Harrison Ford, Rutger Hauer y la bellisima y sutilmente trágica Sean Young me pareció perfectamente plausible. Porque quizás ya lo hemos hecho, ya nos lo hemos cargado, lo que no lo sabemos. No en balde, la historia transcurre en un 2019 que hoy está más cercano a nosotros que aquel remoto 1982 en que se produjo la magistral película.

Uno de los grandes motivos de la ciencia ficción es el de la máquina del tiempo, que le permite al autor especular sobre los efectos del desarrollo científico técnico adentrándose en consideraciones filosóficas sobre el destino de la humanidad que muchas veces terminan en un acabado manifiesto existencial. Casi siempre estas historias transcurren en la dirección de la flecha del tiempo, hacia el futuro, pero no sería menos interesante imaginar nuestro presente a la inversa, con los ojos del pasado, por ejemplo elucubrando lo que le pasaría a un hombre de la Edad Media si en virtud de tal artilugio pudiera trasladarse a nuestra época. Para un habitante del medioevo, señor o villano, este, aquí y ahora, es un mundo distópico. Probablemente moriría a los pocos minutos, como nos pasaría a nosotros si respiráramos la atmósfera de Saturno. Si no lo mata la contaminación y las toxinas químicas en el aire, el agua y el suelo, moriría a causa de algún virus que a nosotros nos resulta casi inocuo, como el de la influenza estacionaria, o los conservantes de los alimentos enlatados, el ruido o la radiación.

Muchas de las realidades que a nosotros nos resultan corrientes, a él le parecerían más que extrañas, aberrantes, insoportables. Nuestros sentidos, la sensibilidad de nuestra época, se encuentra groseramente embotada. El paso normal del tiempo nos aburre, y solo nos sentimos saciados por el vértigo abrumador. Para no desbarrar más de lo necesario, me limitaré a citar un fragmento del libro Los bárbaros, de Alessandro Baricco en que el escritor italiano teoriza sobre el cine como parte de la arquitectura de nuestros tiempos:

Toma a un lector del siglo XIX y haz que vea, pongamos, Full Metal Jacket (no digo Matrix, digo Full Metal Jacket): antes de desmayarse, seguramente será capaz de percibir, con cierto disgusto, la espectacularidad indecorosa de ese lenguaje expresivo: la velocidad, el montaje, los primeros planos, la música, los efectos especiales…: no hay duda de que eso le parecerá horrorosamente fácil, dopado, servil. Según sus parámetros, lo es. Según los nuestros, no. Porque nosotros al cine le reconocemos con prejuicio, y se lo perdonamos, una determinada esencia espectacular, necesaria para su existir. En las películas hollywoodienses todavía nos entretenemos midiendo su rasgo espectacular, y valorando en qué medida su presencia perjudica el sentido, la inteligencia, la profundidad. Pero, incluso ahí, se trata de un razonamiento un tanto académico, que desentona con nuestra instintiva adopción de esas mismas películas como mitología de nuestro tiempo.

Con toda razón, el viajero del tiempo medieval terminaría pensando, en su último estertor, como aquel escritor que dijo que la tierra probablemente se ha convertido en el infierno de otro planeta.

viernes, 13 de julio de 2018

Gallos de pelea en Cuba: la identidad deslegitimada



Juan Carlos Rojas Lorenzo

Publicado originalmente en este blog el viernes 29 de septiembre de 2017.

I
En 1938, Eduardo Abela pintó el famoso óleo “Guajiros” donde se aprecia una escena rústica de un grupo de habitantes de nuestros campos en el que no faltan los elementos en torno a los cuales giraba su vida, según la imagen idealizada y canónica prevaleciente desde principios del siglo XIX: el caballo, la mujer y los gallos. Así lo había escrito Cirilo Villaverde en su “Excursión a vueltabajo” (Consejo Nacional de Cultura, Ministerio de Educación. 1961. p.41): “Después de la moza, el caballo y el machete, no hay objeto, no hay diversión que llame tanto la atención del guajiro, como sus gallos y sus perros”.

No es casual que Abela resalte los elementos que pueden poner de relieve lo autóctono y nacional en la identificación simbólica de un grupo social tan definitorio de la cubanidad como el guajiro. Decía Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones Cubanas (Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1983. p.238) “que a los campos habrá de ir a refugiarse la poesía de nuestro pueblo”. La vanguardia pictórica cubana a la que, además de Abela, también pertenecían Víctor Manuel y Carlos Enríquez entre otros, ponían todo su empeño, como decía Marinello, en cobijar “esencias criollas” captando lo propio, “no como formulas para hacer arte a la moda”. El pintor Marcelo Pogolotti, integrante de este grupo, expresa: “Veníamos de diversas procedencias con el propósito doble de renovar la pintura y de interpretar, incluso descubrir, nuestro país, en lo que coincidíamos sin saberlo con la resurrección del sentimiento nacional. La ausencia no había enfriado el amor a nuestra tierra. La queríamos y anhelábamos expresar su alma con la máxima elocuencia de los medios pictóricos” (Jorge Ibarra. Un análisis psicosocial del cubano: 1898-1925. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1994. p.168). Es así como de los pinceles de estos artistas surge nuestra campiña poblada con sus tipos característicos, desde la imagen ideal de Abela como manifestación de una voluntad orientada al “rescate y la afirmación de lo nacional a través de sus elementos representativos”, hasta la crudeza de Carlos Enríquez con sus personajes famélicos salidos de la reconcentración weyleriana.

Sin dudas, un motivo muy recurrido por la vanguardia pictórica en su empeño por reflejar los elementos identitarios en esa “década crítica” del despertar de la conciencia nacional, es la imagen de los gallos de pelea. Al asumir y recrear el autorreconocimiento como parte de una nación, se recurre a la utilización de símbolos canónicos de los elementos que conforman lo típicamente cubano, y la vanguardia artística no dudó en incluir a los gallos de pelea o de lidia en sus cuadros.

II
Si en el siglo XVII “presenta sus perfiles iniciales el criollo, un nuevo tipo social deferente a sus progenitores españoles, africanos e indios” (Historia de Cuba. Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega. P.83), ya para  “mediados del siglo XVIII la sociedad criolla había logrado consolidarse” (id. P.97). En esta etapa se escriben obras cuyo objetivo era crear la memoria histórica de los orígenes y evolución de la Isla. Se había desarrollado un sentimiento de pertenencia a la tierra sentida como patria, como lo expresa José Martín Felix de Arrate en estos versos: “Aquí suelto mi pluma ¡ó patria amada, /Noble Habana, ciudad esclarecida!”(id.p.98).

También para esta época queda bien delineada la imagen típica del campesino cubano que sería revelada por la literatura costumbrista del siglo XIX. “Los campesinos viven en el clásico bohío de palma, guano y piso de tierra, visten calzones largos y camisas de lienzo ordinario, los zapatos son altos de piel mal curtida, se protegen del sol con sombreros de paja y usan machete al cinto, con lo que ya aparece bastante definido el arquetipo del campesino cubano”(id.p.117).  En la obra que hemos venido citando, los historiadores Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega, al hablar “De la vida cotidiana y otros temas” olvidan, quizás por los prejuicios tradicionales, un elemento importante en la vida diaria ya desde entonces y que se mantuvo durante todo el siglo XIX y principios del XX: las peleas de gallos. Tanto es así, que Francis Robert Jameson en sus “Cartas habaneras” pudo escribir en 1820 “que las vallas de gallos han resultado lo bastante valiosas para convertirse en monopolios reales”[1].

Tan extendida estaba este tipo de actividad lúdica que un viajero de visita en La Habana por 1833 atestigua que hasta los representantes del clero lo practicaban: “De la misa van a la valla de gallos y de la valla de gallos a la misa, y a veces llegan tarde a la misa por haberse quedado hasta el final de una pelea. Se les puede ver en Guanabacoa, con sus hábitos eclesiásticos, siguiendo con interés una pelea entre un gallo favorito y el de un negro esclavo, que ha apostado su dinero contra el indigno sacerdote”[2].

Los extranjeros que visitaban Cuba quedaban asombrados por el ambiente cultural prevaleciente en las vallas de gallos, “donde las relaciones interraciales e interclasistas se volvieran informales, y convirtieran al espacio y sus asistentes en transgresores o posibles transgresores de las directivas de la autoridad” (Pablo Riaño San Marful. ob.cit.p.38). Este escenario que propende a la desmitificación espacial de las jerarquías sociales no podía ser del agrado del despotismo colonial ostentado por los capitanes generales con facultades omnimodas lo cual se refleja en las disposiciones restrictivas de Leopoldo O`Donell en 1844. El absolutismo estaba reñido con el menor atisbo de manifestación democrática, ni aún en el ambiente informal de una valla de gallos.

José Antonio Saco dice, refiriéndose a las peleas de gallos, que “estas, por un fenómeno social, forman entre nosotros una democracia perfecta, en que el hombre y la mujer, el niño y el anciano, el grande y el pequeño, el pobre y el rico, el blanco y el negro, todos se hallan confundidos en el estrecho recinto de la valla” (Riaño.ob.cit.p.35). Esteban Pichardo también señala el carácter abierto y participativo que se establece en una valla de gallos al calor del entusiasmo y la actividad febril “que aturden al que contempla esa reunión más democrática que ninguna otra; el caballero apuesta con el mugriento, el mozalbete trata con el anciano orgullosamente; el condecorado acepta la proposición del Guajiro; el Negro manotea al noble; todos hablan o gritan a un tiempo”.[3]

Pablo Riaño San Marful destaca este elemento de interrelación social y desarticulación del orden colonial, de la elaboración de un espacio subjetivo común tácitamente aceptado por todos, nacido espontáneamente en el proceso de creación e interpretación de la nación. “En las fuentes consultadas – dice –, la valla aparece como sitio destacado para producir y reproducir la sociabilidad, entendida en su faceta de proceso de relaciones. En dicho espacio se destaca la mezcla, confraternización y pérdida gradual de las diferencias sociales” (Riaño. ob. cit. p.19). Agrega que “la valla funciona en muchos casos, como un espacio abierto a todos los sujetos sociales”(id.p.19).

Este elemento de inclusión es doblemente significativo en un ambiente signado por la sistemática y rigurosa marginación de las diferencias. El tratamiento a la diversidad en una sociedad esclavista no podía tener otra base que la discriminación y privación de derechos y oportunidades a amplios sectores, como reflejo de una pétrea estratificación socio-clasista.

La valla ofrece un espacio donde se realiza la quimera de poner a todos los hombres al mismo nivel, en igualdad de condiciones y oportunidades, ya que la suerte, elemento importante en una actividad como las peleas de gallos, no hacía diferencias entre el pobre o el rico, el noble o el esclavo. En este lugar el esclavo podía vencer al amo, o el guajiro al oficial de la colonia. “Los sujetos sociales excluidos de otros espacios encontraban en la valla de gallos, la posibilidad de una realización económica y prestigio social, que no se producía fuera de ella” (Riaño. ob. cit. p.26).

Algo muy distinto ocurría en la otra diversión que ocupaba la predilección de los cubanos durante la colonia: las corridas de toros. “La plaza de toros (…) establece la jerarquización de su espacio, antes y durante la corrida. Lugar de encuentro, pero no de mezcla de identidades grupales o clasistas, en las lidias taurinas los asientos eran alquilados, las funciones podían ser de igual modo reservadas para actos de homenaje a entidades políticas, cuerpos militares españoles, o personalidades y asociaciones elitistas. Así, la plaza, como espacio público, reproduce las jerarquías existentes en la sociedad. En ella, los nobles se sentaban separados de otros sectores o, por lo menos, en estrados o palcos que señalaban su alta posición política y solvencia económica” (Riaño. p.181). Hippolite Pyron, un francés que en 1876 publicó un libro de viajes sobre Cuba, observó que “si bien los habitantes de Cuba son aficionados a las peleas de gallos, no lo son a las de toros. Una compañía de toreros bastante hábiles vino aquí durante mi estancia y provocó más horror que interés. Su éxito resultó mediocre”.[4]

Mientras las corridas de toros asumen en Cuba una perspectiva española y españolizante, las peleas de gallos devienen elemento distintivo de la identidad nacional. En particular, constituyen atributos del grupo social más representativo, en la elaboración simbólica de la cubanía en el siglo XIX y principios del XX, de los valores más genuinos de la cultura nacional: el sencillo habitante de nuestros campos, cuya imagen siempre irá acompañada de los gallos.

Esteban Pichardo, en su Diccionario Provincial publicado en 1836, lo describe de la siguiente forma: “Aquí Guajiro es sinónimo de Campesino, esto es, la persona dedicada al campo con absoluta residencia en el, y que como tal usa el vestido, las maneras y demás particularidades de los de su clase. Hasta en las poblaciones se distingue desde lejos el Guajiro; camisa y calzones de pretina, o vedija (como dicen), blancos o de listado de hilo, sin nada de tirantes, chaleco, casaca ni medias; zapatos de vaqueta o venado, sombrero de Guano Yarey de tejido fino y ligero; algunas veces por corbata un pañuelo casi a estilo mujeril, poco plegado o flojo, todo como lo demanda el clima (…) sobrio, se contenta con poca comida, frutas o lo que haya, mucho o poco, con tal que no falte el tabaco, una taza de café mal hecho y alguna Pelea de gallos el domingo” (Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1985. p.296).

La literatura cubana a lo largo del siglo XIX reproduce el arquetipo anterior, procreando una caracterización que asume el juego de gallos como característica del cubano, al usarlo como legitimación por oposición. Cirilo Villaverde, por ejemplo, al hablar del guajiro en 1890, cuenta que para el habitante de los campos cubanos “no hay mas amigo que un peso, ni mas diversión que un gallo, ni mejor compañero que un perro, ni mejor defensa que un machete, ni mayor comodidad que la de un caballo” (cit. por. Riaño. ob cit. p.45).

Las vallas de gallos estaban extendidas por toda la geografía nacional, lo mismo en las ciudades que en los campos lo que permitió su asimilación como parte de la identidad nacional. Abiel Abbot que en 1828 visita la porción occidental de Cuba, señala que “en cada población hay un espacioso edificio destinado a este deporte de riña de gallos” (Riaño. p.43). Por su parte, Nicolás Tanco Armero, en su Viaje de Nueva Granada a China… en 1853 testimonia la gran popularidad de que gozaban las peleas de gallos por todo el país al decir: “las peleas de gallos es otra de las diversiones favoritas del pueblo cubano; no hay casi pueblo por pequeño que sea, donde no haya una famosa valla frecuentada por lo mejor de la sociedad” (La Fidelísima Habana. p.300).

La afición a las peleas de gallo se mantuvo a lo largo de los diferentes procesos por los que atravesó el país en el siglo XIX, como las guerras de independencia. Existen testimonios, principalmente a través de los diarios de campaña escritos por protagonistas directos de las mismas, sobre la extraordinaria afición de los mambises por esta actividad. Quizás el hecho más significativo es el relacionado con  el Grito de Baire el 24 de febrero de 1895, el cual se produjo en la antigua valla de gallos San Bartolo, donde se pronunció el capitán Saturnino Lora, el teniente coronel Salcedo y otros patriotas al frente de los cuales se puso el coronel Jesús Rabí. El episodio ha sido descrito de la siguiente manera: “En el poblado de Baire,…el 24 de febrero de 1895…un criollo tuvo la ingeniosa iniciativa de aprovechar que ese día había peleas de gallos en la valla San Bartolo…y ante la mirada de todos arrancó la cabeza de su gallo justo antes de que comenzara la pelea. El público…asombrado escuchó su apelación: ¡Basta de que peleen los gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos todos a respaldar el grito de independencia!” (Pérez Laguna, Silvestre. El arte de la pelea. Cit. por. Riaño. Ob cit.p.39). Manuel Piedra, que combatió junto a Maceo en la guerra del 95, escribió en sus memorias: “El grito dado por Saturnino Lora en una pelea de gallos el 24 de febrero en Baire, había sido el de independencia”.[5]

Sin embargo, las peleas continuaron, pues los patriotas se llevaron los gallos a la manigua, o se valían de todos los recursos posibles para conseguirlos. La presencia de los gallos como parte de la vida cotidiana en el campo mambí es decisiva para introducir la relación que la valla guarda con la paulatina formación de la identidad nacional, y la inclusión de las peleas de gallos como juego distintivo de la cubanidad. Es conocida la inclinación que por las peleas de gallos sentían destacados patriotas y jefes militares prominentes como Vicente García y José Maceo, los hermanos Lora y Jesús Rabí. Fermín Valdez Domínguez dejó, en su Diario del Soldado, la siguiente semblanza: “…en la columna invasora todos jugaban, y aquí hay quien juegue dados, barajas y todos los juegos ilícitos como dicen los pacíficos.

“…En nuestra marcha desde Ságua han venido nuestros soldados pidiendo, robando o comprando gallos finos, y es cosa que da pena y risa ver las vallas en los campamentos, y entre los jugadores es el más entusiasta el General José (Maceo). Me detuve con él en una casa para descansar, mientras la fuerza sacaba víveres (boniatos) y como pasara por nuestro lado un jinete con un gallo, que dijo haber comprado en un peso, le dijo el General: – “No lo topes, para pelearlo al llegar al campamento (…) y esta debilidad del General trae como natural secuela, que se vea en las marchas el ridículo cuadro  de los soldados que cargan al lado de sus rifles el consabido gallito[6].

Gracias a su carácter de espacio público privilegiado para la socialización y el intercambio, las vallas constituyeron un importante lugar para fomentar los ideales patrióticos de independencia nacional. Dado el hecho de que muchos de los veteranos de la “guerra grande” (1868-1878) permanecieron en Cuba y no pocos se radicaron en sitios rurales, la valla les proporcionó el ambiente ideal para transmitir oralmente el rico tesoro de experiencias y anécdotas relacionadas con la leyenda heroica de la guerra y de sus principales protagonistas, las cuales eran recibidas con fervor por las nuevas generaciones. El historiador Francisco Pérez Guzmán, aunque omite la valla de gallos como uno de los más importantes escenarios de socialización durante el siglo XIX, ofrece elementos sobre la significación de estos espacios en la creación de una conciencia patriótica colectiva que tuvo mucho que ver con la incorporación masiva de los cubanos, principalmente de la juventud que no había participado en la contienda anterior, a la guerra del 95. “De gran importancia – dice Guzmán –, en la gestación patriótica fueron los centenares de insurrectos que permanecieron en Cuba, así como jefes militares que se habían convertido en leyendas. Todos ellos desempeñaron una relevante labor en la cimentación del ideal emancipador de las nuevas generaciones, pues en los espacios públicos como los liceos y sociedades fraternales, cafés y barberías, así como en los privados, relataban episodios de la guerra, conspiraban y alentaban la nueva contienda y para aquellos jóvenes que residían en intrincadas zonas rurales donde el analfabetismo imperaba, el contacto con los veteranos de las contiendas armadas de los Diez Años y Chiquita, devino factor contribuyente para la decisión de vestirse de mambí”.[7]


III
Más allá de las polémicas sobre los efectos enajenantes que se pueden generar de la adicción a una actividad lúdica devenida juego de apuestas, se encuentra el valor social inherente en determinado momento histórico, su capacidad de modelar patrones o arquetipos de identidad que en momentos de crisis social pueden servir para cohesionar al grupo en torno a ideales y aspiraciones comunes. El siglo XIX representó un momento crítico en nuestra historia; fue la época en que se forja la nacionalidad cubana, en el transcurso de convulsas confrontaciones intelectuales, políticas y militares; donde los cubanos rompen definitivamente con el indigno vasallaje colonial, lo cuál implicaba también sentirse portadores de un contenido cultural que si bien tenía elementos comunes con los españoles, también poseía elementos propios y diferenciadores. Y en este proceso de agudos enfrentamientos donde se forjó la nacionalidad cubana, las personas encontraron en las peleas de gallos un elemento que los identificaba como parte de una cultura y una nación. En las primeras décadas del siglo XX, superada la anomia de los primeros años donde se vieron frustrados los ideales de independencia que había conducido a tres movimientos armados, las corrientes de reafirmación cultural como la vanguardia pictórica, se remitieron a este aspecto encontrando elementos validos y eficaces para la construcción de una representación simbólica de la realidad cubana mediante la cual se expresaran las aspiraciones de independencia y soberanía nacional.

Bibliografía

1.     Pablo Riaño San Marful. Gallos y Toros en Cuba. Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2002.
2.     Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega. Historia de Cuba. Editorial Pueblo y Educación, 2001.
3.     Jorge Ibarra Cuesta. Un Análisis Psicosocial del Cubano: 1898-1925. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1994.
4.     Gustavo Eguren. La Fidelísima Habana. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1986.
5.     Cirilo Villaverde. Excursión a Vueltabajo. Consejo Nacional de Cultura, Ministerio de Educación. 1961.
6.     Fermín Valdés Domínguez. Diario de Soldado. Impresora Andrés Voisin, La Habana, 1972.
7.     Manuel Piedra Martel. Mis Primeros 30 años. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001.
8.     Esteban Pichardo. Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985.
9.     Hippolyte Piron. La Isla de Cuba. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1995.
10.                       Francisco Pérez Guzmán. Radiografía del Ejercito Libertador. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.


[1] La Fidelísima Habana. Gustavo Eguren. Editorial Letras cubanas. Ciudad de La Habana. 1986. p.217
[2] J.E.Alexander. Trasatlantic sketches…En: La Fidelisima Habana. P.230
[3] Esteban Pichardo. Diccionario Provincial. P.604.
[4] Hippolite Pyron. La Isla de Cuba. P.67.
[5] Manuel Piedra Martel. Mis Primeros 30 Años. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001. p.133.
[6] Fermín Valdés Domínguez. Diario de Soldado. Impresora Andrés Voisin, La Habana, 1972. pp.140-141.
[7] Francisco Pérez Guzmán. Radiografía del Ejercito Libertador. P.126.